martes, 12 de febrero de 2013

La Vuelta por la Revuelta



Propuesta desde el nosotros para otra política: la nuestra.
La Vuelta por la Revuelta
José Ángel Quintero Weir


“Cuando no sepas qué es lo que sigue
siempre es bueno mirar atrás”.
Dijo un día el Viejo Antonio
al Sub-comandante Marcos

I.- Donde les cuento el por qué uno nunca es uno sino cinco.

Cuentan los más viejos que los más antiguos añú les contaron que cuando los que soplaron para que el mundo fuera mundo con sus aguas y sus costados de tierra, y los hombres y mujeres que los habitaran fueran exactamente hombres y mujeres, pues, dicen esos viejos que los antiguos miraron sus manos y las frotaron una con la otra como para calentarlas y, ya cuando las sintieron calientitas, las pusieron frente a su boca como un cuenco y entonces soplaron, y, así, luego del soplo de los cinco dioses que eran porque, a pesar de lo que digan, nunca ha sido un solo Dios sino cinco, pues, nunca un dedo puede construir nada por sí solo sino que, para poder hacer, necesita ser mano y, para eso, necesita a sus otros cuatro dedos hermanos. Por eso, los cinco dioses que soplaron sus manos para hacer al mundo fueron: el soplo del agua, el soplo del fuego, el soplo de la tierra, el soplo del aire y, finalmente, el soplo de lo invisible que en todo está. Entonces, todos soplaron y, al momento de soplar, vieron sus manos y cuenta se dieron que toda creación es un soplo y que todo hacer es manual. Por eso, desde entonces, dicen los más viejos que dijeron los más antiguos añú, que los dioses que con el soplo de sus manos hicieron a los hombres tal como al mundo, que nunca uno solo de ellos sería capaz de nada sino que el uno debía ser cinco para todo aquel que quisiera en verdad hacer y ser. 

II.- Donde trato de exponerles (y exponerme) acerca del por qué debemos ser mano y no dedos.
 
            2.1.- Kanuaikai: El conductor de nuestra embarcación:
                   primer dedo de nuestra mano.

Para los añú y otros pueblos originarios no existe eso que los criollos occidentalizados gustan de llamar: futuro, y, eso es porque ciertamente, el futuro es lo que supuestamente está tan por delante que no podemos verlo frente a nosotros; para los añú, en cambio, lo que no podemos ver frente a nosotros es porque está detrás y, todo lo que detrás de nosotros está, es parte de nuestro pasado. De allí que, ideas tan caras al pensamiento occidental como: evolución, progreso, desarrollo, etc., que suponen un desplazamiento lineal de la cultura hacia un supuesto estadio superior y que sólo es ubicable de manera abstracta y teóricamente como tal en un tiempo futuro, no forman parte del pensamiento indígena ya que ese lugar del tiempo alejado de nuestra visión no existe y la vida no es, en modo alguno, un avance lineal hacia delante sino ciclos que se abren y se cierran para dar paso uno a otro en un presente permanente que vivimos a la luz de nuestro pasado que siempre nos acompaña.
La idea de un tiempo lineal sobre el que la humanidad avanza en un progresivo desplazamiento ha sido colonialmente establecida por occidente como única y universal verdad. Así, aún el pensamiento marxista, tal vez, el más interesante y radical crítico de occidente dentro del mismo pensamiento occidental, no puede desprenderse de esa idea lineal que supone que todos (indios, negros, asiáticos, etc.), hemos estado haciendo lo mismo que Occidente todo el tiempo, en todos los tiempos. Dicho a la manera del más popular de los manuales “marxistas” (tal vez, por eso, el peor de todos), el de Marta Harnecker, el desarrollo de las sociedades está determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto, que parece una idea inobjetable, en modo alguno coloca a todos los pueblos que en el planeta son, en la misma línea histórica que la cultura occidental ha configurado como su idea de tiempo y, mucho menos, en ninguno de sus momentos históricos que en términos “marxistas” se conforma a partir del concepto de modo de producción. Así, según este parecer, todas las sociedades y culturas del mundo están obligadas a transitar el proceso que las lleva desde un comunismo primitivo, a pasar por las obligadas etapas de esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo hasta que, ¡Gloria a Dios!, llegan al comunismo científico y, sólo entonces, alcanzar la plena felicidad. No de balde, los europeos encontraron en América desde su punto de vista, desde pueblos caníbales, esclavismo y hasta imperios, de tal manera que con ello certificaban que todos estábamos en lo mismo que ya ellos habían superado y, por tanto, eran ellos los más elevados en la escala de la línea del desarrollo y, por eso mismo, se justificaba nuestra dominación y despojo territorial.
En todo caso, se trata de establecer de manera forzada una especie de recorrido que linealmente va desde el llamado “comunismo primitivo” hasta el llamado “comunismo verdadero” porque ahora es “científico” (como decían los manuales soviéticos), pues, el de los indios y africanos corresponde a etapas primitivas de la humanidad ya superadas por la ciencia occidental. Sin embargo, para alcanzar esa escala máxima del comunismo científico, la sociedad debe previamente pasar por una supuesta etapa “socialista” que se presenta como una especie de fase de aprendizaje que, la historia ha demostrado, puede resultar mortal para buena parte de la población antes de lograr “liberarse” y ser “comunista” lo que sólo ocurrirá, por supuesto, en un futuro indeterminado.
Esta versión, a todas luces simplificada, del pensamiento más crítico que en el marco de la cultura occidental se ha producido, no puede ser desconectado de la historia del poder y del saber de las que proviene y a las que está inseparablemente conectado, pero que hemos asumido como filosofía con la que hemos guiado durante los últimos ochenta años, las luchas por construir una sociedad justa y basada en la dignidad de los pueblos.
Si tomamos en cuenta que ya con anterioridad, todo el proceso independentista del siglo XIX fue guiado por el pensamiento generado por la Revolución francesa y la filosofía liberal burguesa, debemos concluir que tanto a los revolucionarios independentistas del siglo XIX como los revolucionarios socialistas del siglo XX y los actuales de este comienzo del siglo XXI,  jamás les ha pasado por la mente la posibilidad de que otro pensamiento guíe las luchas y oriente el proyecto de construcción de  esa otra sociedad a la que aspiramos. Nos referimos a la posibilidad de que la filosofía indígena se constituya en sustento no sólo teórico sino también en importante guía para la acción política del movimiento social en general.  En este sentido, pensamos que una verdadera otra política, es decir, una política desde el nosotros supone un fundamento filosófico propio y, para ello, debemos antes que nada definir eso que somos y, a nuestro parecer esa definición pasa porque nos entendamos como verdaderamente otros; esto es, como no occidentales.
Esto que decimos puede resultar, para muchos, un grave problema, pues, lo que estamos proponiendo es cuestionar a occidente en todas las manifestaciones de su pensamiento, lo que necesariamente incluye al más crítico de los pensamientos que occidente ha producido: el marxismo. Y esto es así, por cuanto nuestro sometimiento colonial ha alcanzado hasta el pensamiento que supuestamente, y siempre en un indeterminado futuro, nos ha de liberar: el socialismo.
Nunca nuestro propio pensamiento nos puede hacer libres, nunca ningún pensamiento fuera del pensamiento occidental, jamás un pensamiento indio o negro alcanza el saber suficiente para provocar la configuración de otra sociedad; así se entiende, pues, según el parecer de “todos” los salvacionistas, especialmente el de nuestros salvadores de izquierda1, tanto indios como negros son culturas del pasado que en la abstracta línea del progreso occidental están fuera de la historia y, sólo persisten como color de piel, a veces y, a lo sumo, como costumbres que resultan siempre negativas y obstruccionistas del progreso que es propio de la humanidad, es decir, de la cultura occidental.
En fin de cuentas, lo que pretendemos establecer, a riesgo de que todos se nieguen a ello es que, si en verdad queremos impulsar una verdadera otra política, es imprescindible asumirnos como otros; es decir, como no occidentales y, por tanto, fuera de todo sistema de pensamiento por occidente producido, pues, como quiera que sea, se trata de ideas, conceptos y teorías que suponen una idea de espacio/tiempo que nos colocará siempre como culturas que deben ser sometidas, y, a esta concepción occidental no escapa eso que llaman “Marxismo”. De tal manera que, si en verdad pretendemos hacer otra política, es decir, la política desde el nosotros que en verdad somos, debemos comenzar por establecer lo que, siguiendo el pensamiento añú, es el dedo que sustenta nuestra mano, el que tiene la propiedad de conducir la embarcación que nuestra mano aborda y con la que construye su vida, esto es, el de otra filosofía como sustento de nuestra lucha, filosofía otra que sólo encontramos en el pensamiento indígena, negro, campesino y, aún, en determinados momentos y acciones, de poblaciones marginadas de las urbes que, por lo mismo, los identifican como otros, como otras culturas con otra filosofía y visión radicalmente opuesta a la filosofía y visión del mundo occidental-capitalista.
 
            2.2.- Kacheeikai: el que tiene la propiedad de escuchar y así orientar el            hacer de nuestra mano: es nuestro dedo índice.

Lo establecido anteriormente, sabemos, no resulta nada fácil, especialmente, porque la colonialidad impresa en nuestros corazones por nuestros dominadores a lo largo de siglos, nos impide ver lo que en verdad somos a pesar de que, sabemos, no somos lo que ellos dicen que somos, sino algo muy distinto; sin embargo, sólo creer que saber que somos otros no implica, en modo alguno, una toma de consciencia que nos conduzca a ser efectivamente otros, es decir, lo que debemos ser; por el contrario, más de una vez la historia nos demuestra que muchos de los que han llegado a este descubrimiento terminan por convertirse en nuestros más insignes esclavizadores.
Así, por ejemplo, no dudamos que en un momento determinado Simón Bolívar pensara y creyera ciertamente en que nuestras sociedades latinoamericanas resultaran ser una especie distinta a la europea2, pero igualmente sujeta a la idea de “razas”, concepto por demás fundamental al sistema de dominación establecido por el imperio y sostenido por los “blancos criollos” que, efectivamente, ejercían el poder en las colonias de América y el Caribe. No en balde, luego de la derrota de la Primera República con la entrega del Generalísimo Francisco de Miranda a las fuerzas realistas del imperio español para que lo echaran a morir en la prisión; entrega que, dicho sea de paso, fue ejecutada por el propio Bolívar, éste se dirige a Haití para solicitar de Petión, presidente de la primera república de negros libres en este costado del mundo, ayuda militar para la continuidad de la guerra de independencia en el continente suramericano. A cambio de ello (exigió Petión), Bolívar se comprometía a liberar a los esclavos negros luego de la victoria. Sin embargo, sabemos, esto no ocurrió sino mucho después de la victoria en la guerra de independencia y, aún, mucho después de la muerte del Libertador.
Para el pueblo haitiano ésta no había sido la primera demostración de que las ideas de la revolución nada tenían que ver con el hacer de tal revolución, pues, ya había probado el falso contenido de la palabra de los revolucionarios europeos cuando, luego de su liberación armada se dirigieron a Napoleón haciéndole saber que la revolución de los negros de Haití se basaba en los principios enarbolados por su revolución francesa: Igualdad, Fraternidad y Libertad; no obstante, los revolucionarios franceses y los parlamentarios sentados a la izquierda del parlamento, decidieron que los negros africanos no tenían derecho y, por supuesto, no podían hacer revoluciones en los mismos términos que los blancos y, mucho menos, franceses. De allí que, en vez de ayuda, enviaron una flota armada para recuperar la isla como propiedad colonial de la Francia ahora republicana.
Ahora que, como ya deben sentir, por lo menos como un inquietante resquemor, al asumirnos como otros; es decir, como nosotros, nuestra lucha y nuestra rebeldía debe tomar severa distancia del pensamiento liberal burgués cuyo origen fue establecido por la revolución burguesa francesa y sus parlamentarios sentados a la izquierda del palacio, y que, en nuestro continente, fue asumida por los revolucionarios patriotas liderados por Simón Bolívar y todos los que, aún hoy, nos han sido señalados y obligados a venerar como padres de nuestra sometida existencia.
Esto nos lleva a definir la idea de lo que sería nuestro segundo dedo para hacer una nuestra otra política, la de nuestra propia mano: el dedo índice que señala nuestro horizonte, no hacia un supuesto futuro, sino a un tiempo que se visualiza en nuestro presente quehacer y luchar. Ese dedo índice nos debe colocar fuera de eso que llaman pensamiento bolivariano, pues, tal no es otro que el pensamiento liberal burgués contrario y, hasta enemigo del pensamiento de Guaicaipuro, José Leonardo Chirino, Nigalee y todos los indios y negros que murieron durante la conquista y colonización, pero también, durante la larga colonialidad que aún hoy nos somete, al punto de que hemos llegado a idolatrar a quienes han sostenido nuestro sometimiento; por lo que, asumir este principio supone que debemos aceptar como otro nuestro horizonte porque otro es el origen de nuestro pensamiento.
Con esto queremos dejar bien asentado que, no es posible una vuelta por la revuelta si ella no se funda en un pensamiento que ha de estar muy lejos de eso que llaman pensamiento bolivariano, pues, éste no es más que la continuidad de la colonialidad que desde la conquista y la colonia no ha cesado en condenarnos como “salvajes”, incivilizados e incapacitados para construir una “patria” por nosotros mismos; como indios, por ser “inferiores”; como negros, por ser una raza condenada a ser sólo esclava.
En este sentido, cuando planteamos la necesidad de una vuelta por la revuelta lo hacemos, no para secundar a ningún gobierno bolivariano, mucho menos, para garantizar su cuestionada gobernabilidad y legitimidad, no sólo por su aberrante ideología, sino por su odioso pragmatismo. Dicho de otra manera, nuestra vuelta se orienta hacia donde señala el dedo índice de nuestra mano: nuestro reencuentro con el pensamiento de nuestras comunidades, es decir, con las filosofías que han de orientar la construcción de otra sociedad, pues, sólo desde las prácticas cotidianas de organización y lucha no capitalistas (indígena, negra, campesina y demás culturas locales no occidentales) de las comunidades, es que podremos ciertamente generar un proceso de liberación autónomo.
Sin embargo, esta Vuelta no podrá darse sino en términos de una revuelta de todos los que somos, y, esta revuelta comienza por asumir nuestra rebelión frente a todo el pensamiento que, a lo largo de más de cinco siglos ha servido de sustento a nuestro sometimiento. Es decir, debemos tomar este momento como nuestro tiempo, ese por el que volvemos a través de todas nuestras luchas, y, esto exige, comprometernos con lo que constituye nuestra primera rebelión, esta es, la de volver a las fuentes de nuestro pensamiento y enfrentar a nuestros enemigos con la certeza de que: no somos lo que ellos dicen que somos, es decir: no somos occidentales, pues, nada tenemos que ver con el liberal capitalismo impulsado por el liberalismo bolivariano (actualmente promovido por la MUD), ni tampoco bolivarianos liberal-socialistas (decidido por Chávez), sino que somos hijos del pensamiento indio, negro, campesino rural y, aún, de marginados urbanos descendientes de campesinos despojados de sus tierras.
En fin, nuestra primera rebelión es contra el pensamiento que la maniobra intelectual de derecha y la haraganería intelectual de izquierda suele definir con eufemismos como “pensamiento bolivariano”, “árbol de las tres raíces”, etc., pero que resultan todos en negaciones de nuestro pensamiento otro que, desde la conquista, la colonización y la colonialidad republicana (en sus cinco versiones), ha resistido y re-existido hasta el presente, precisamente, a la espera y en la esperanza de construir su propio destino en su permanente e indetenible presente.   

            2.3.- Waapa’uun: Nuestro dedo madre.      
       
Pero, si a pesar de todos los riesgos que los dos anteriores aspectos imponen, asumimos que es justa la propuesta de la Vuelta por la Revuelta, entonces, debemos dar otro paso no menos doloroso en tanto nos obliga a desprendernos de todo el ropaje que desde hace siglos de dominación cargamos encima como un enorme fardo que, más que cubrir nuestra desnudez, cubre nuestra memoria. Así, despojarnos de ese ropaje puede aterrar a quien le teme a la desnudez de su cuerpo, entendiendo esto como un supuesto vacío conceptual al que todo occidental teme (no de balde, nunca occidente pudo imaginar la cifra cero, lo que sí ocurrió en todas las culturas no occidentales del mundo incluidas, por supuesto, las culturas indígenas del continente de Abya Yala), y muy especialmente, los que se ubican en el campo de la llamada ideología de “izquierda”. Dicho de otra manera, antes de iniciar la vuelta por la revuelta debemos entender que tal acción supone partir de desechar todo pensamiento y toda idea y, aún, toda práctica proveniente de la colonialidad del poder y del saber que hasta ahora ha sometido nuestra configuración como pueblos.
Así, una Vuelta por la Revuelta implica, de manera contundente, “despatriar” nuestra acción política, vale decir: la Vuelta por la Revuelta se propone, entre otras cosas, disolver la idea y la ideología de la Patria como centro y, por supuesto, de todo patrioterismo con ella asociados (y su patriarcado manifiesto en los llamados “padres de la patria”, “líderes”, “caudillos”, “mesías”, “iluminados”, etc.), y, por el contrario, restituir en su lugar, aquello que está impreso en el pensamiento y la vida de los pueblos indígenas, negros y campesinos: la idea de la Matria, expresión con la que no sólo reivindican el sentido de su relación como pueblos con la naturaleza y el mundo, en tanto relación entre los hijos con su Madre Tierra sino que, abiertamente, se opone al sentido que la palabra Patria impone como dominación y ejercicio del poder.
No de balde, la frase popular que afirma, “Madre sólo hay una, padre es cualquiera” es, con todo, no sólo una verdad inobjetable en el sentido común popular, sino que en términos políticos (que son los términos en los que estamos hablando), supone que los pueblos son tales, en la misma medida y en virtud de su estar y su hacer propio en sus territorios y que, en verdad, es lo que hace visible a la Madre Tierra como su dadora de vida y cobijo en el pasado y su presente.
En este sentido es que podemos afirmar que, tal vez, ha sido el gobierno Patriota de la revolución socialista del siglo XXI quien más ha logrado desmadrar a los pueblos indígenas, pues, no sólo les ha exigido (como ningún otro gobierno) a reconocer al Estado-gobierno como a su Padre, y por lo que, cualquier atrevimiento de exigir la autonomía que comienza por la demarcación de sus territorios como personificación de su Madre Tierra en sus vidas es, para la ideología del Estado-gobierno (sustentada por ideólogos como Luis Britto García), un acto parricida, esto es, anti-patriota.
Es casi permanente en la Lengua de la V República3 el que en sus discursos los personeros del Estado-gobierno se presenten como “nuestros padres salvadores”, y, al mismo tiempo, nos hablen sin cesar de su histórica misión de hacer la patria aún cuando y, al mismo tiempo sabemos (pues, contra ello luchamos y nos enfrentamos diariamente), que éstos singulares salvadores para mantener el nivel de ingresos del Estado (vía renta petrolera) que les permita continuar holgados en el poder, impulsan planes y proyectos que no sólo constituyen en sí mismos una entrega de la “patria”, sino que implican el destrozo de nuestra Matria: la madre tierra, es decir, nos convocan a seguir su idea de Patria pero, al mismo tiempo, nos desmadran en nuestros territorios.
Asimismo, y en el mismo discurso, se nos imponen como nuestros padres (más bien, padrastros), cuando obligan a nuestras comunidades y pueblos a aceptar sus condiciones en tanto que, se configuran como los proveedores de nuestro sustento, toda vez que impiden nuestra autonomía despojándonos de nuestras tierras y territorios, y administrando a su libre albedrío los recursos que son de todos; entonces, no sólo contienen nuestra lucha autónoma y nos envilecen con sus “paternales ayudas” (Misiones) sino que, además, estamos obligados a agradecerles (con nuestros votos) por nuestro envilecimiento.
Ahora bien, es necesario decir que esta ha sido una práctica común de todos los que han ejercido el gobierno en Venezuela desde Rómulo Betancourt (Padre de la Democracia), hasta Hugo Chávez (Padre de la revolución bolivariana). En este sentido, es interesante destacar que ambos (Betancourt-Chávez), en sus respectivos momentos, insistieron en que su labor al frente del poder del gobierno estaba orientada a la sagrada construcción de la patria, de esta manera, daban por hecho que se trataba de una labor por encima de la capacidad intelectual de la muchedumbre y, por ello, solo posible de ser alcanzada mediante la conducción individual del preclaro pensamiento del líder. Siendo así, a la muchedumbre no le queda otra cosa que formarse en la línea para seguir el camino indicado. No obstante, ambos (Betancourt-Chávez) siguen casi la misma línea de comportamiento en sus relaciones con las fuerzas imperialistas expresadas a través de las transnacionales petroleras. Así, en su proyecto de construcción de la Patria Democrática, Betancourt negocia la soberanía nacional con su política petrolera del Fifty-fifty, mientras que para su proyecto de Patria Socialista Bolivariana, Chávez entrega nuestros territorios y recursos a través de sus empresas mixtas. En fin, la ironía no puede ser más terrible: tenemos siglos siendo convocados a construir una patria donde sólo cumplimos el papel de objetos negociables o susceptibles de ser negociados; para ello, se adoctrina y condiciona nuestro voto hacia ellos como “nuestros padres” y representantes, pues, para ellos, nosotros los de abajo, por nosotros mismos, carecemos de un pensamiento capaz de orientar la construcción de otra sociedad posible en la que, aún ellos (los miserables), alcancen su liberación en el proceso de liberación de todos.   
De tal manera que, una Vuelta por la Revuelta supone nuestro radical deber de desmitificar a todos los “padres de la patria” que en nuestra historia han sido y, ubicar como centro de nuestra lucha, lo que verdaderamente representa y expresa nuestra libertad y autonomía como comunidades, pueblos, culturas y naciones, es decir, ese que ciertamente constituye el dedo medio de nuestra mano: la Madre Tierra y nuestros territorios como expresión de la Matria a la que verdaderamente aspiramos como dadora de autonomía, autogobierno y sustento para todos los que en este país somos.

            2.4.- Manee aapa’ñakai: El primer dedo de nuestra casa.

Como ya debe haber sido percibido, cuando hicimos la propuesta de la Vuelta por la Revuelta en ningún momento hablamos de ver “cómo aprovechamos la coyuntura para tomar el poder”, o, “cómo aprovechamos los recursos que baja la revolución para construir nuestra propia revolución”. Ambos pareceres no sólo son falsos sino que, ciertamente, constituyen dos versiones del mismo pragmatismo-oportunismo del que, ciertamente, adolece y en el que constantemente ha caído, y, si no nos atrevemos a una verdadera Vuelta por la Revuelta, seguirá cayendo el movimiento social en Venezuela y América Latina toda, pues, tales pareceres se fundan en una lectura de las coyunturas políticas desde el pensamiento de la colonialidad y no desde la autonomía de lo que en verdad somos.
Expliquemos.
Antes que nada, las expresiones que utilizamos son frases que hemos escuchado no sólo de indígenas, campesinos, dirigentes obreros, gente de los barrios marginados, desempleados y, en fin, de los excluidos y sometidos en diferentes partes del país, aún, en medio de luchas en las que, esta misma gente estaba dispuesta a jugarse la vida en la defensa de sus planteamientos, sino también de parte de los más voluntariosos intelectuales de izquierda, lo que evidencia que tales expresiones han sido naturalizadas, es decir, han sido convertidas como incuestionables por responder a una especie de condición a la que ningún ser humano puede escapar. Dicho de otra manera, es como decir: “esto es lo que todo el mundo hace porque es lo que “naturalmente” todo el mundo está obligado a hacer”. Pero, como demostraremos, estos pareceres no son solamente falsos sino que, forman parte del conjunto de la ideología del pensamiento colonial y la colonialidad con que hemos sido sometidos y domesticados a lo largo de nuestra historia, aún, por los que se han propuesto y, aún luchado, como nuestros salvadores.
En este sentido, la primera de ellas supone una sagacidad y astucia política que está basada en lo que llaman: el propósito del poder, es decir, se hace la revolución no porque se quiera construir otra sociedad, otra forma de relacionarse entre los hombres y otra forma de relacionarse los hombres con la naturaleza y el mundo sino que, toda revolución se hace por y para el poder.
Valga como explicación a lo anterior esta breve anécdota. Cuento:
En alguna oportunidad (hace algo más de 30 años) en un debate que, de una u otra forma implicó este parecer, un compañero de indudable condición popular y de incuestionable voluntad de luchador, al plantear la interrogante acerca del real propósito de tomar el poder me respondió con una frase lapidaria para la que, en ese momento, no tenía capacidad de respuesta. Me dijo enfático: “Queremos el poder, para poder”.
Así, aunque parece inobjetable la contundente frase del incuestionable compañero, es evidente que, desde esa perspectiva, la idea de liberación del pueblo no está sujeta al pueblo mismo, sino de alguien, llámese líder, comandante, libertador, patriota, en fin, cualquiera de los apelativos asignados a los que, finalmente, terminamos por considerar como los verdaderos y únicos portadores y creadores de la historia; por lo que, bajo esta consideración debemos concluir que los pueblos sólo están en capacidad de seguir a aquel que tiene en sus manos el poder, pues, el poder es la representación y el ejercicio de aquel que ha sido (providencialmente o, preparado para ello) destinado a portarla y conducirla (nunca a compartirla).
Este principio de la historia providencialmente en manos de un “iluminado” por Dios, lleva a que aquellos que luchan en contra del poder que los oprime terminen por pensar equivocadamente, que la lucha por la liberación se resume al cambio de las manos donde el poder (siempre el mismo) repose o, sea administrado. Como quiera que esta concepción acerca del poder ha terminado por instaurarse como parte de la naturaleza humana, es por lo que muchos movimientos revolucionarios han terminado por sustentar la idea de que hacer la revolución consiste en aprovechar las coyunturas que, en cualquier momento, pueden hacer posible la toma del poder para, en el mejor de los casos, poder. En este sentido, es justo decir que ha sido a partir de esta concepción del poder, que a lo largo de la historia se han producido y justificado las más increíbles aberraciones y crímenes posibles de imaginar y, de los que no escapa ninguno de los personajes que, desde esta perspectiva, han detentado el poder.
Pero, además, esta idea acerca de lo que es el poder sustenta una vez más el pensamiento de que sólo es necesario que un solo hombre aspire al poder y tenga la sagaz astucia de interpretar una coyuntura que le permita alcanzarlo, por lo que, no se trata de pueblos que luchan y son capaces de morir para construir juntos su libertad, sino de hombres que, teniendo el poder, son capaces de permitírselo.
El segundo parecer está estrechamente vinculado al primero aunque su pragmatismo tiene menos aspiraciones, pues, no aspira asaltar el poder y asentarse en el Palacio de Gobierno, sino vincularse a los que en su momento ocupan el poder y, así, obtener algunos recursos que les permitan su activismo político, supuestamente, más revolucionario o en función de una verdadera revolución. Ha sido este el parecer que ha guiado a buena parte de las organizaciones sociales, movimientos políticos de base que se forjaron en Venezuela al calor de las luchas obreras, campesinas, de las barriadas marginadas y que habían alcanzado, algunas de ellas, considerables niveles de independencia política y de fuerza social. Sin embargo, la política de contrainsurgencia desarrollada por la revolución bolivariana en la última década ha logrado el propósito de disolver a la gran mayoría de ellas, convirtiendo en funcionarios del gobierno a sus principales dirigentes y al resto, a depender de los recursos económicos que el gobierno central les baja4 con una discreción regulada por su propósito de contrainsurgencia.
Para los que “honestamente” se han sometido a las pautas establecidas por el poder del Estado-gobierno en función de recibir apoyos, deben hacerlo en los términos del gobierno y en virtud de los proyectos diseñados por el gobierno. Así, muchas veces, los proyectos que de manera autónoma han sido estudiados, debatidos y elaborados por las propias comunidades terminan por ser modificados y hasta sustituidos por los diseñados de acuerdo a los propósitos del poder del gobierno para su permanencia en el poder.
Otros, se consideran más astutos y están convencidos de que impulsar su activismo a partir de los recursos que el gobierno baja, está realmente utilizando al Estado para hacer la revolución en contra del Estado. Nada más ingenuo.
Cuando con esta supuesta astucia se cree estar “engañando” al Estado-gobierno, no nos percatamos de que sólo estamos respondiendo a una política de contrainsurgencia delineada para, cuando menos pensemos, quedar atrapados en una espesa relación de dependencia de tales recursos que, la mayoría de las veces, termina dividiendo nuestro movimiento y paralizando la lucha.
Así, debe entenderse que, al proponer una Vuelta por la Revuelta, en modo alguno lo hacemos guiados por el mero propósito de aprovechar la coyuntura de crisis política que actualmente se presenta en Venezuela para, por sus fisuras, colearnos en la disputa y por esa vía tratar de alcanzar el poder; esto, porque estamos partiendo de la idea de que no es ese el poder al que aspiramos, ni siquiera para poder, sino que luchamos por algo más profundo y radical: transformar la sociedad toda a partir de establecer como esencial al pleno ejercicio de la justicia, la democracia y la dignidad, el reconocimiento y pleno ejercicio de las autonomías y autogobiernos de acuerdo a la territorialidad de todas y cada una de las comunidades, pueblos y naciones que, ciertamente, conforman nuestro país.
Dicho de otra forma, si en verdad queremos aprovechar la crisis de poder efectivamente ejercido y, del poder de la colonialidad con que hasta ahora hemos sido sometidos pero que, en efecto, actualmente hacen aguas en Venezuela5; tal aprovechamiento no será posible si asumimos la agenda de confrontación pautada entre las fuerzas en pugna, pues, a fin de cuentas, sabemos, ninguno de ellos nos representa; sino también porque no podemos perder de vista el originario carácter colonial del poder que tales fuerzas se disputan, y, tal carácter impone siempre un curso cuyo norte es el sometimiento de las comunidades, es por lo que su método siempre está determinado por el negociado con los poderosos internos y externos.
En tal sentido, si en verdad pretendemos aprovechar la coyuntura de crisis de poder del Estado-gobierno y de la colonialidad del poder, es urgente para nosotros establecer una agenda propia de lucha. Tal agenda nada tiene que ver con un pliego de peticiones reivindicativas, y, mucho menos, con solicitudes de participación en cualquiera de las estructuras de poder del Estado-gobierno6. Muy por el contrario, se trata de que seamos capaces de definir juntos y entre todos, una verdadera alianza entre iguales a partir de la territorialización de cada una de nuestras luchas en las que, en medio de la crisis de poder y de la colonialidad del poder, establezcamos, de hecho, nuestra territorialidad autónoma expresada en autogobiernos que expresen nuestra condición no occidental, es decir, no capitalista.
Desde el punto de vista de la acción política concreta esto supone que, debemos, antes que seguir tontamente la agenda de los elementos en disputa por el poder de la colonialidad, nos decidamos a unirnos en función de establecer, en los hechos y en cada uno de nuestros espacios territoriales (por pequeños que estos sean), el poder de nuestra autonomía como movimientos, comunidades, pueblos y naciones, lo que sólo alcanza su expresión concreta en autogobiernos capaces de hilvanar la acción política, económica, educativa, de salud y de defensa de sus territorialidades.
Este paso es crucial y, por lo mismo, el de mayor dificultad de realización toda vez que, como sabemos, desde la colonialidad del poder y del saber se ha establecido como ley natural universal eso que llaman: Ley del menor esfuerzo7, con la que la sociedad occidental capitalista ha justificado en gran parte su proceso de acumulación en tanto ella hace entendible la permanente búsqueda de aumentar la plusvalía en el proceso económico. Claro está, en este caso la Ley del menor esfuerzo se refiere a la menor inversión de capital/tiempo del capitalista capaz de generar la mayor plusvalía posible y, para ello, debe lograr la mayor productividad (explotación) posible del trabajador. Ahora bien, en términos políticos, la Ley del menor esfuerzo es aplicada en función del alcance de objetivos, particularmente del poder, con el menor esfuerzo (y de riesgo) posible. La aplicación de esta ley, especialmente en el campo de la izquierda, ha tenido terribles consecuencias para el movimiento popular en momentos y coyunturas en que las llamadas “vanguardias” han hecho uso de ella, especialmente, para justificar sus decisiones políticas siempre tomadas por encima del movimiento que les sigue, es decir, por los de la retaguardia, o sea, nosotros. Así, en tanto Ley Universal, la Ley del menor esfuerzo en términos políticos se constituye en marco contextual de la confrontación entre los que se disputan el poder del Estado-gobierno y la colonialidad del poder en tanto que regula el proceso de confrontación-negociación de las fuerzas en pugna.
Así, pues, una verdadera otra política nos aleja de manera definitiva de esa Ley que, sabemos, también hemos asumido desde la colonialidad pero a la que, ciertamente, no estamos sujetos; por tanto, es imperativo entender que nuestro camino requiere del mayor esfuerzo, pues, no se trata de plegarse a un bando para arrimarse al poder, mucho menos de seguir de tontos útiles de una disputa en la que solo somos dedos separados y utilizados a conveniencia. Se trata, en fin, de percatarnos de nuestra propia mano que de seguro será más fuerte en la medida en que se hermane empuñada en todas las luchas.
Todo lo anterior lo planteamos porque la tarea de hermanar todas las manos posibles en sus luchas no es posible si antes no definimos cual es nuestro propósito como movimiento desde otra política, así, es sobre la base de este primer acuerdo que podremos armonizar las autonomías en función de eso que llamamos nuestra propia agenda de lucha. Esta labor de armonizar acuerdos requiere, en primer término, que nos escuchemos en torno a lo que en verdad pensamos y lo que nuestros corazones en verdad aspiran, sólo así se unen en alianza los iguales, es pues, la tarea que conforma nuestro cuarto dedo: el que cuida la armonía de la casa y de la Madre que, en definitiva, constituyen el horizonte de nuestra máxima aspiración: la materialización de la Vida Buena de todos.
En fin, el cuarto dedo de la mano de nuestra Vuelta por la revuelta nos exige que sinceremos nuestros pareceres ya que, lo oculto nunca genera armonía y, además, porque sólo los corazones libres logran hermanarse. Pero, por si fuera poco, debemos entender que en la lucha revolucionaria hay un principio irrenunciable: no hay lucha revolucionaria que no sea por y para la dignidad y, por eso, todo su proceso ha de estar marcado por la dignidad de quienes la impulsan.

            2.5.- Wakuwaipawa: Wichonkan mpi wayaawa: Nuestro propio camino es:      nuestros hijos por los que peleamos.

Llegamos así, al último dedo de nuestra mano de lucha. Ese, nuestro meñique que como a nuestros hijos, siempre vemos pequeños; pero que se configuran como la fuerza que impulsa todas nuestras luchas en tanto que, nuestra existencia sólo permanece viva en la medida en que nuestro propio camino como comunidades, pueblos y naciones es desandado y continuado en la acción concreta y permanente, de nosotros por ellos y de ellos por nosotros. Así, son nuestros meñiques los que terminan por dar vigor a nuestras manos empuñadas, igual nuestros hijos, nos hacen pensar y encontrar soluciones a nuestros más difíciles problemas y luchas, las que ejecutamos sin miedo, pues, sabemos, que de ellas depende la continuidad de nosotros como manos vivas.
Con esto queremos referirnos al momento en que debemos pasar a la concreción de programas, planes y acciones con las que, en efecto, materializamos nuestra Vuelta por la Revuelta. Tales programas, planes y acciones deben ser entendidos como totalidades en sí mismas y, al mismo tiempo, como elementos de una totalidad. Expliquemos esto.
Si lo hasta ahora expuesto ha sido entendido, debe resultar claro entonces que partimos de la idea de que la Vuelta por la Revuelta sólo surge desde territorialidades en lucha, es decir, de comunidades, pueblos y naciones que, de hecho, establecen y defienden su autonomía desde su particular territorialidad. Así, cada una de ellas, conocedora de sí misma y, sobre todo, líder de sí misma en comunidad, es capaz de generar su propia carta de lucha que, por supuesto, en tanto entiende que ella por sí sola es sólo un dedo, de manera decidida considera su hermanamiento armónico con las cartas de lucha que, desde su propia autonomía, las otras comunidades, pueblos y naciones igualmente elaboran y ejecutan.
De tal manera que, dejamos claro que la Vuelta por la Revuelta no es, en modo alguno, la conformación de una organización para la centralización de las luchas de las comunidades, sino un espacio para el hermanamiento de las mismas bajo el principio de la alianza entre iguales y, sobre todo, con el mismo horizonte: la Vida Buena, entendida como la transformación radical de nuestra sociedad en virtud y en función de la autonomía de todas y cada una de las comunidades, pueblos y naciones que en verdad somos.
En este sentido y, para concluir, el último dedo de nuestra mano se configura a partir de todas aquellas cartas de lucha que, siendo siempre resultado de la autonomía de todas y cada una de las comunidades, pueblos y naciones, éstas elaboran y ejecutan desde sus propias territorialidades pero que son capaces de hermanar con las manos de otras comunidades, pueblos y naciones que, asimismo, ejercen su autonomía y, al mismo tiempo, se  hermanan en la lucha como si una sola mano fueran.
En este sentido, no podemos adelantar ningún programa, plan o acción, pues, si hemos entendido, la Vuelta por la Revuelta no es ninguna estrategia elaborada por una preclara vanguardia, es más, nos asumimos como no vanguardia, pues, en el respeto de todas y cada una de las autonomías nos atrevemos apenas a convocar a dejar de ser dedos y conformarnos, en verdad, como muchas manos en lucha.
 
III. Un Cuento final para no finalizar.

He aquí, pues, el sustento de nuestra propuesta de la Vuelta por la Revuelta. Hemos tratado, sin ningún temor, de exponerla en términos que, sabemos, no nos libran de una exposición a la incomprensión, la burla, el señalamiento, en fin, a la descalificación. Por otro lado, sabemos que, ya sea por respeto o por no encontrar argumentos para enfrentar los nuestros, la respuesta sea el silencio, ya lo hemos vivido.
Así, y a pesar de que ambas respuestas son ciertamente negativas, queremos dejar claro que insistiremos en nuestro planteamiento, no precisamente por vacía terquedad sino porque, sabemos, es bien cierto que nuestra propuesta de la Vuelta por la Revuelta implica decisiones terribles al hacer político que la colonialidad del poder y del saber nos ha acostumbrado a todos: movimientos, comunidades, pueblos y naciones. De tal manera que, estamos convencidos, no sólo luchamos por proponer un hacer en función de generar otra política, sino en contra de la secular interiorización naturalizada del hacer político desde la colonialidad.
Insistiremos, insistiremos y, seguiremos insistiendo porque, a pesar de que desde la colonialidad del poder se insiste en la eternidad de los hombres y los gobiernos, nosotros sabemos desde nuestro ser no occidental que, sólo la muerte es nuestra real consejera puesto que ella con su presencia irrevocable constantemente nos dice que, no hay tiempo que perder para asumirnos y actuar en consecuencia. No hay tiempo para seguir jugando a la agenda del Estado-gobierno y sus representantes y, mucho menos, a seguir la agenda de los antiguos detentadores del poder de ese mismo Estado-gobierno, hoy, en el papel de oposición; no tenemos tiempo porque ambos factores sólo se disputan el lugar de quien continúa nuestra opresión ya que, a fin de cuentas, ambos saben que, sea cual fuere de ellos, los acuerdos con las corporaciones norteamericanas, rusas, chinas o brasileras especialmente referidos a la explotación de nuestros territorios requiere de nuestro despojo territorial, de nuestro desarraigo y de nuestra muerte definitiva. Por eso, es tiempo de decir: ¡Ya Basta! Porque somos otros los que somos, y nada de lo que nos ofrezcan desde el poder de su Estado-gobierno debe detener nuestra rebeldía.
Entendamos, pues, que pensar fuera de nuestra rebeldía, buscar resquicios donde no los hay, tratar de encontrar alguna posibilidad o justificar negociaciones (presentadas siempre como inofensivas) con el Estado-gobierno, es atentar contra la posibilidad de construir con la autonomía que nos dan nuestras propias manos, nuestro propio camino. Por eso, no queremos terminar esta parte de nuestra palabra convocatoria a la Vuelta por la Revuelta sin dedicar a todos, pero, especialmente a esos compañeros que insisten (desde su honestidad) en imposibles alianzas con factores del Estado-gobierno, un cuento para dejar abierto el campo de la discusión que nos una en la lucha. Cuento:

Dicen los añú que, cuentan los más antiguos, que el viejo Abuelo Tigre (Ta’tüi Kareira) reina con su fiereza en la selva del manglar y, por eso, es el dueño del territorio de los muertos, pues, a fin de cuentas, todo aquel que muere debe, antes de llegar a la tierra de los muertos, pasar por sus terribles mandíbulas.
Pero, un día que el Ta’tüi Kareira caminaba por las orillas del Wasaalee, vio nadando libremente a varios bagres paletones, unas felices toninas, manatíes y otros peces jugando en la corriente del río. El Abuelo Tigre, siempre hambriento, quiso comerse a todos esos que, felices se mostraban y eran en su propio espacio del agua. Pero, al intentar entrar en la corriente del río, cuenta se dio que tal no era su espacio, entonces rabió diciendo:
- ¡Cómo es posible! Yo soy el dador de la muerte y rey en la tierra de los muertos, ¿cómo es que no puedo entrar al río y comerme a esos sublevados?
El Rabopelado, que escondido estaba entre el follaje del pajonal de las orillas del río, escuchó las palabras del Abuelo Tigre. Por mucho tiempo, Rabopelado sintió que nadie en el monte le quería, que hasta los perros domésticos le espantaban sin respeto alguno y que, sólo como ladrón de huevos de gallinas dormidas era considerado. Por eso, pensó que era esta la oportunidad de adquirir un poder al lado del Abuelo Tigre. Fue entonces que, no sin temor, salió de su escondrijo y le dijo al Tigre:
- Abuelito Tigre, he escuchado tu lamento y creo que bien puedo ayudarte, eso sí, a cambio de una minúscula petición.
El abuelo Tigre, siempre hambriento, de primeras vio que podía conformarse con el feo Rabopelado pero, ansiando vengar el irrespeto de aquellos que en el agua reían de su libertad, pues quiso escuchar la propuesta del feo y nada oloroso Rabopelado.
- Dime cómo puedo comer a esos que, protegidos por el agua, se burlan de mi poder y te daré lo que me pidas.
Eran esas, precisamente, las palabras que Rabopelado quería escuchar del Abuelo Tigre y entonces le dijo:
-Yo te diré cómo puedes llegar hasta ellos y llevarlos a tu reino, ya devorados. A  cambio sólo te pido pueda recuperar el pelambre de mi cola y un puesto respetable en tu reino.
-Trato hecho. Dime pues, qué debo hacer para acabar con la burla de esos que libres se creen. Dijo el Abuelo Tigre.
-Siendo que ya tenemos trato, te diré lo que debes hacer para comer a todos esos      que rebeldes a tus deseos se muestran. Como ves, muy seguros se muestran en su lugar que es esa agua que los cubre y protegidos por ella se sienten. Así, la solución es muy sencilla, tú sólo tienes que beber toda el agua que los protege y ya seco el río, pues, ya te los comes cuando quieras.

La idea le pareció genial al Abuelo Tigre y, por eso, no sólo aumentó su oferta al Rabopelado sino que de inmediato, lo nombró su Vice-Presidente de la República de los Muertos y anunció a todos los animales del manglar que, si algún día algo le pasaba, pues, sólo el Rabopelado y nadie más debía ser considerado como Rey de la tierra de los desaparecidos. Por supuesto, Rabopelado creyó haber hecho el mejor negocio de su vida.
Fue así entonces que el Abuelo Tigre, decidido a comerse a esos bagres paletones, esas toninas, esos manatíes y todos esos peces que descaradamente creían ser libres de sus fauces, comenzó a beber las aguas del río para secarlo. Bebió y bebió y bebió, hasta que su panza de agua reventó.
Claro está, como dueño de la muerte el Abuelo Tigre regreso a su tierra sin poder comer a los que en sus territorios libres eran; eso sí, el Rabopelado se quedó sin trabajo.


Notas:
(1) Nuestra colonialidad es tal, que ni siquiera para expresar nuestra rebeldía tenemos un término fuera del de “izquierda” que, debemos saber, es el resultado de la ubicación espacial de los diputados republicanos franceses en el recinto de las tribunas parlamentarias durante la revolución francesa. Sin embargo, ese mismo parlamento votó a favor de desconocer la primera revolución en el Nuevo Mundo, la revolución de los negros de Haití. Dicho de otra manera, toda revolución para ser aceptada como tal, debe ser realizada por blancos, occidentales y cristianos, jamás una revolución de negros (la de Haití en tiempos coloniales) o de indios (la de los zapatistas en 1994).
(2) Idea que dejó efectivamente plasmada en su célebre Discurso de Angostura al establecer de manera contundente que: “Nosotros (se refiere a los blancos criollos reunidos en ese Congreso) ni aún conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es el más extraordinario y complicado. (Los paréntesis son nuestros).
(3) Actualmente y, como parte de una nueva versión de “El camino de las comunidades” trabajo en el seguimiento del Lenguaje de la V República, como texto necesario para contribuir al proceso de la Vuelta por la Revuelta.
(4) La expresión “el gobierno baja los recursos” es común entre los colectivos y organizaciones sociales que desarrollan actividades en las comunidades y entre los pobladores de las mismas Es evidente que los recursos no están a la mano, sino que caen como gotas de una regadera cuya válvula de control está en manos del gobierno que, se sobreentiende, se encuentra muy por encima de las poblaciones que abajo terminan esperando aunque sea una gota para subsistir.
(5) Especialmente a raíz de que Chávez y sus luceros han llegado a descubrir, que la eternidad sólo es posible para aquello que nuestras manos construyen o ayudan a construir, pues, ni el dedo que señala ni el puño que impone es eterno e, irremediablemente, muere, precisamente, para bien de la permanente transformación de las comunidades, pueblos, naciones y sus culturas que sólo así potencian el sentido y alcance de lo que conocemos como Vida Buena.   
(6) Eufemísticamente denominada desde el pragmatismo y el oportunismo como: “Dirección colectiva del proceso”. ¡Chaale!
(7) Esta Ley, generada por la ciencia occidental, tiene su origen y aplicación en el campo de las llamadas ciencias naturales; sin embargo, es igualmente aplicada en el campo de las ciencias sociales y humanas, especialmente en la lingüística, y con la que se pretende establecer el curso de comportamiento oral de los hablantes de una lengua. Sin embargo, sabemos, en lingüística la aplicación de esta Ley se topa casi de inmediato con las exigencias que las culturas, especialmente las indígenas, establecen para la expresión oral de ciertos discursos que, de no seguir estrictamente tales exigencias que, sin lugar a dudas, imponen el máximo esfuerzo en el dominio de la lengua en tanto sistema que va mucho más allá de la mera comunicación, tales discursos perderían su fuerza y, por eso mismo, carecerían de la legitimidad que sólo la comunidad otorga, precisamente, sólo a aquellos que contraviniendo la Ley del menor esfuerzo lingüístico logran expresar el pensamiento de la cultura como totalidad.

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